Capítulo 1
Los rayos de luz tibia del sol iluminaban la metálica e industrializada ciudad de Midgar, haciendo brillar cada edificio, cada placa que recubría los grandes extractores que dormían a las afueras de la ciudad. Era un día normal y corriente, laborable para la mayoría de sus sencillos ciudadanos, incluso para los que trabajaban en la corporación Shin-Ra.
Bien era cierto que para ellos era un día diferente: las tropas de los ejércitos de Midgar volvían tras finalizar la campaña de Wutai. El papeleo y la burocracia se multiplicaban en momentos como esos, sobre todo en el recuento de heridos y bajas. Las guerras cada vez eran más suaves, las milicias enemigas de la compañía de energía cada vez eran menores. Todos parecían rendirse ante la gran empresa que era Shin-Ra en aquel momento. Sobre todo, con su nuevo batallón, los flamantes superhombres que componían SOLDADO.
Eran el orgullo de Shin-Ra, con sus plateadas hombreras, sus cascos de alta tecnología, sus duros brazos llenos de cicatrices y, sobre todo, la limpia mirada de sus ojos azules, imbuidos en mako, la sustancia que les dotaba de aquella fuerza y velocidad superiores.
Shin-ra crecía tanto como las características de sus trabajadores y soldados a sus ordenes. Era la mayor potencia del país. Y por ello, todo lo que rodeaba a Shin-Ra en la magnifica ciudad de Midgar brillaba como el oro. Teatros, calles, tiendas, franquicias; todo ello gracias a la mejor empresa que se encargaba de otorgarles la energía necesaria para una cómoda y digna vida.
—Cinco minutos para llegar a Midgar, chicos.
El piloto siguió observando el azulado cielo mientras se dirigía al helipuerto del edificio Shin-Ra. Mientras tanto, Angeal volvía a recibir un golpe en el brazo de su incansable acompañante, Zack.
—¿Has oído, Angeal? ¡Cinco minutos! ¡Estoy deseando ver a las cámaras y los flashes y…! —Zack no paraba de botar emocionado en su sitio, dando brincos, riendo. Angeal rebufó, mientras los demás tripulantes reían.
—No callará durante el resto del viaje… —la voz grave procedía de otro soldado de la misma clase que Angeal, que observaba el suelo metálico del helicóptero, enmarcada su visión por cabellos plateados y lisos.
—Resígnate, Sefirot, es de segunda clase —respondió Angeal, cansado.
—Créeme que lo sé…
Los dos soldados de primera clase miraron con desaprobación al joven Zack, que inmediatamente detuvo sus movimientos, quedando serio y quieto, a la par que aburrido.
El resto del viaje continuó tranquilo y silencioso, apenas interrumpido por la comunicación por radio con el piloto y el helipuerto. Finalmente, el helicóptero aterrizó, terminando así con el castigo de mantenerse tranquilo de Zack. Sonrió juguetonamente y salió corriendo, empujando a varios soldados de tercera clase. Angeal cubrió su rostro con una de sus enguantadas manos, pero uno de los soldados de primera clase le tranquilizó, colocando una de las suyas en su hombro.
—Es joven y vital, como todos a su edad. Déjale libre cual cachorrillo.
—Esa es buena —admiró Sefirot, pasando delante de ellos con media sonrisa.
—Demasiado vital… —comentó Angeal, caminando tras su amigo.
Los tres soldados caminaron hacia el vestíbulo para tomar otro hasta el despacho de su director, cuando una bandada de fotógrafos les asaltó nada más llegar.
La mayoría de los flashes hacían resplandecer el pelo plateado de Sefirot; era muy querido por las cámaras. Los clubs de jovencitas gritando su nombre ya eran algo común en cada recibimiento, mientras Zack reía y le comentaba a Angeal lo tímido que era Sefirot para ser tan famoso.
Al fin, el departamento de los Turcos les llevaron hasta el otro ascensor. Un joven pelirrojo con una pícara sonrisa les guiñó el ojo, mientras contenía a cinco fans que le atacaban con cuadernos y rotuladores, esperando un autógrafo de sus queridos soldados.
—No aguantaré otra emboscada como esa… —Sefirot se dejó caer sobre una de las paredes metálicas del ascensor, esperando a que éste llegara al despacho de su director.
—Cómo te gusta desaprovechar las oportunidades —replico aquel soldado de primera clase, que gozaba de la confianza de los dos héroes, mientras le miraba con las cejas arqueadas—. Ahora que eres joven y todavía estás de buen ver. Disfruta de la compañía femenina, antes de convertirte en algo como este.
—¡Eh! —replicó Angeal, mientras los otros dos reían. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron; habían llegado ante el director de SOLDADO.
Lejos del ambiente rudo y bélico del sector SOLDADO, muchas plantas más abajo, se encontraba la zona común del edificio: la cantina, famosa por su ambiente, su calidad y sus bajos precios. Allí, turcos, soldados de tercera clase, empresarios o científicos con sus batas blancas, se olvidaban de sus diferentes rangos para conversar tranquilamente mientras compartían el tiempo del almuerzo.
—Jien, vigila la olla…
El servicio era agradable a la par que experimentado y disfrutaba viendo a sus comensales degustando la comida casera que allí se preparaba.
—Jien, te he dicho que vigiles eso.
La especialidad por la que más de un curioso se infiltraba en el edificio eran los zumos de Banora Blanca, refrescantes a la vez que dulces. Era la bebida más famosa de todo Midgar y la fabrica de aquel refresco era propiedad de Shin Ra, por lo que solo se vendía en su cantina.
—¡Jien, fuego!
La llamada Jien no era otra que la chica que contemplaba el cielo desde el ventanuco de la cocina, sin prestar atención a la olla que había junto a ella, ahora mismo en llamas. La cocinera, de edad adulta, fue corriendo a sofocar el fuego, estropeando desgraciadamente la comida que había en la lumbre.
—¡Lo siento, May! ¡No, no lo hice aposta!
La mujer dejó el pesado extintor que había tomado cuando comenzó a arder la comida y miró a la chica. Era menudita, castaña, con el pelo recogido en dos graciosas coletas. Las tiritas y vendas que poblaban sus brazos y sus piernas daban una imagen muy clara de alguien distraído, torpe, despistado. Sus ojos, grandes y marrones, miraban a May intentando que aquel error no fuera decisivo en su trabajo.
—Mira, Jien… yo ya no sé que hacer contigo, de verdad. Es la tercera cazuela en esta semana que se echa a perder porque sueñas con una vida diferente a la que te toca.
—Pero, May, no tengo otro sitio a donde ir, ¡por favor, dame otra oportunidad!
May buscó a su alrededor hasta encontrar lo que quería. Luego, se lo tendió a Jien, que miró atónita el cubo y la fregona que sostenía entre las manos.
—Mira, eres una chica trabajadora y que si se esforzara por tener los pies en la tierra sería una persona magnifica, pero yo aquí no te puedo tener, por que realmente es peligroso. Tus sueños lo son, pequeña —May suspiró. Tampoco quería ser tan dura con la chica, pero no tenia otro remedio—. Olvídate de todas esas tonterías, anda, y preocúpate de mantener un lecho y una comida al día, ¿entendido?
—Sí, señora…
—Muy bien. Ahora ve, y anda a fregar el vestíbulo.
Eran tiempos difíciles para las ganas de aventuras y los sueños de Jien. Había entrado a formar parte de la empresa Shin Ra poco después de llegar a Midgar en busca de un futuro mejor. Ya había sido secretaria, camarera, encargada de las cocinas y ahora limpiadora.
Pero ella lo que realmente deseaba era vestir la chaqueta de canalé azul marino de los SOLDADOS, que sus ojos brillaran del mako que hubiera en su cuerpo, manejar aquellas espadas tan especiales…Tomó la fregona con la que apenas había limpiado la tercera parte del suelo marmóreo y empezó a juguetear con ella, usandola como si fuera su curiosa espada particular. ¡Ella tenia madera para hacer eso! Pero no conocía de ninguna mujer en el batallón SOLDADO, seguramente por que las destinaban a los Turcos o al departamento científico o simplemente como meras empresarias. Quizás es que todavía no había ninguna que se hubiera presentado, no les interesaría arriesgar su vida luchando.
Para poner fin a su acrobática distracción, dio un salto, giró sobre si misma y apuntó con el mango de la fregona a la nada, bueno, lo que ella creía que era la nada.
Frente a ella, con una sonrisa de sorpresa, se encontraba un chico poco mayor que Jien. Lucia un curioso peinado con el pelo de punta y dos mechones enmarcando una gesto que parecía el de un niño. Para su sorpresa, el muchacho vestía un uniforme de SOLDADO de 2º clase.
—¡Eh, cuidadito chavala, que casi me das! —habló el chico, sonriente. No parecía molesto, más bien, parecía haberse divertido con su actuación.
—¡L-lo siento! ¡No quería molestarle, señor! —Jien bajó inmediatamente el palo de la fregona, avergonzada, cuando escuchó la risa del chico.
—¿¡Señor!? ¡¿Pero cuantos años me echas, mujer?! —él no podía dejar de reír y Jien sintió un alivio dentro de sí; no estaba enfadado por suerte—. Mi nombre es Zack Fair.
—En-encantada —ella intentó sonreír y fue a tomar la mano que él le tendía, cuando tropezó con el cubo y lo tiró al suelo, dejando caer también la fregona.
—¡Anda que…! ¡Si quieres entrar en SOLDADO, tendrás que ser más cuidadosa!
—Yo soy Jien Flames —intentó presentarse ella, cuando dio crédito a lo que él había dicho—. ¿Entrar en SOLDADO…?
—Al menos esos movimientos parecían procedentes de cualquier soldado, ¿no? Mira que usar la fregona como espada, ¡con la de armas que habrá en este edificio!
—Otra cosa es que yo tenga acceso a ellas.
—Bueno, mujer, no te desanimes, seguro que algún día tendrás acceso. Ya lo verás.
Parecía muy fácil decirlo, pero Jien seguía mirando al suelo encharcado, apoyada en el palo de la fregona. El entusiasmo de aquel chico llamado Zack solo conseguía deprimirla más.
—¿Eres… de SOLDADO, no? —sacó fuerzas ella al final para preguntar.
—¡Sí! ¿Se nota, eh? —su tono tan descarado animó a Jien para seguir hablando.
—Sí, sobre todo por las pintas de gallito que gastas…
—¡Eh! ¡Pero bueno…! —esta vez fue ella quién se rió.
—No te ofendas, pero te pavoneas mucho solo por llevar ese uniforme…
—¡Envidia!
—Pues sí, para que engañarnos…—Jien sentía como Zack la miraba con cierta rivalidad. Parecía que no hubiera visto a una chica que supiera jugar como él—. ¿Por qué no me enseñas unos cuantos movimientos de esos que hacéis en los entrenamientos? Estoy segura de que podría ganarte con los ojos cerrados.
—¡¿Una niñata sin experiencia intentando ganarme a mí!? ¡Ni lo sueñes!
—Pero no tienes un mocho como este con el que defenderte… ¡Así que te ganaré mejor!
Media hora más tarde, los dos habían recibido palazos por todo el cuerpo y no dejaban de reírse. Los ejecutivos de Shin Ra les miraban al pasar, a un SOLDADO y a una chica de la limpieza, cada uno empuñando una fregona y sentados en el suelo, sin dejar de soltar carcajadas.
—Vale, he de reconocerlo, hacía tiempo que no entablaba una batalla tan absurda… ¿Qué hora tienes, Jien?
—Son… las dos de la tarde, creo…
—¡Mierda! —Zack se levantó de un salto ágilmente, tendiéndole la fregona a la chica—. ¡He quedado con Angeal en el despacho de Lazard justo ahora!
—Oh, pues corre antes de que te castiguen sin postre.
—Eres mala, Jien.
—Gracias —ella sonrió y se puso de pie, despidiendo enérgicamente a Zack con el brazo mientras seguía limpiando el suelo.
Dudaba mucho que aquel encuentro dependiera de sus sueños y de su futuro, por lo que siguió sacando brillo al suelo, que formaba un gigante espejo, haciendo que el edificio Shin Ra brillara con luz propia. Y, en el centro de ese enorme resplandor, se encontraba ella, con sus coletitas infantiles, sus ojos marrones, su ropa ancha y su mandil sucio. Que buen aspecto para una SOLDADO.
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