—Como te lo digo, Sephiroth… Ha desaparecido por completo.
Sephiroth miraba de brazos cruzados al joven SOLDADO que le acompañaba. Era una tarde tranquila, se encontraban en una cafetería del centro de Midgar, silenciosa y prácticamente vacía. Zack se llevaba las manos a la cabeza, desesperado, mientras él escuchaba al chico.
—Pero… ¿por qué demonios le habrá dado por irse? ¿No tienes ni la más remota idea de donde puede estar? —a pesar de su gesto imperturbable, por dentro estaba igual que Zack ya que, al fin y al cabo, Angeal también era amigo suyo.
—No… Lazard me comentó que quizás había vuelto a su pueblo natal, pero yo ya no sé que pensar… ¿Por qué, Angeal, por qué…?
—¿Les atiendo?
Quien había interrumpido tal tensa situación era una chica ataviada con el uniforme de la cafetería. Llevaba una libreta en la mano y su mirada parecía conocer a Zack.
—¿Jien? ¿Eres tú?
—Oh, hola, Zack —respondió la susodicha, sonriendo levemente—. ¿Qué os trae por aquí?
—Un café solo y… —Sephiroth esperó la respuesta de Zack, pero él seguía de conversación con la camarera, nada del otro mundo conociendo lo mucho que le gustaban las chicas al muchacho.
—¿Cómo es que trabajas ahora aquí? ¿No estabas en Shin Ra?
—Sí, pero terminaron despidiéndome hace tres semanas, vaya. Tuve un pequeño desliz y ya May no pudo ayudarme. Ahora estoy aquí de empleada temporal, hasta que cierren la cafetería…
—Oh, vaya, eso es terrible… —respondió Zack.
—Bah, me apaño, no me preocupa demasiado —Jien sonrió y miró a Sephiroth, esperando a tomar nota. Zack se decidió al final por un zumo y la camarera se alejó, dejando a los dos soldados solos.
—Céntrate, Zack, que te la vas a comer con los ojos —le espetó Sephiroth, con una leve sonrisa.
—¿Eh? No te preocupes, ella solo es una conocida.
—Ya, como todas las anteriores, ¿no?
—¡Oye! ¿Qué problema hay en que coqueteé con algunas chicas?
—Que no te centras, y tenemos que encontrar a Angeal, te lo recuerdo —Sephiroth le dedicó una mirada seria.
—Ya lo sé, pero para una distracción que tengo… ¡Ja, ya sé por qué te pones así! ¡Es porque te encantaría hacer lo mismo pero no te atreves!
—No digas estupideces, yo me debo a mi trabajo como SOLDADO y tu deberías hacer lo mismo.
—Apuesto a que no hay huevos de conseguir su teléfono.
—¿Qué?
—Sí, su teléfono, el de la camarera que nos ha atendido antes —Zack sonreía, sabía que Sephiroth era demasiado estirado o demasiado tímido para hacerlo, cuando casi se cae de la silla al comprobar que él se dirigía a Jien sin pensarlo.
Ellos hablaron y de repente el teléfono sonó, debajo de la silla donde había estado sentado. Él sonrió a la chica —Zack juró que era la primera vez que le veía sonreír— y se volvió a la mesa.
—¿Ya está? —Sephiroth miraba triunfante su móvil mientras toqueteaba algunas cosas y luego se lo enseñaba; en la pantalla figuraba un número de teléfono debajo del letrero “Camarera”—. Se llama Jien, por cierto, no seas grosero.
—Sé como se llama, pero tu solo me has dicho que lo consiga.
—¿¡Cómo!?
—Fácil: me he acercado y le he pedido amablemente que llamara a mi número, que no encontraba mi móvil. Ella ha accedido y su número se ha grabado como una llamada perdida —Sephiroth rió suavemente y miró a Zack atónito—. Que te tenga que dar lecciones de cómo tener el número de una chica…
—¡Eso es trampa!
Su conversación se detuvo cuando la joven les sirvió lo que habían pedido y se alejó de nuevo. Zack le dio vueltas a la espuma de su zumo, pensativo.
—¿Es importante perseguir tus sueños…? —terminó preguntando Zack.
—Sueños… —Sephiroth tomó un largo trago de café y se quedó pensando—. ¿Referidos a las imágenes de nuestro subconsciente cuando dormimos o a nuestras metas más queridas?
—Lo segundo —Zack no quiso repetir su científica primera definición.
—Supongo que es importante saber lo que cada uno quiere y perseguirlo, siempre teniendo en cuenta tus posibilidades.
—¿Y si es imposible?
—Nada es imposible en esta vida —él sonrió, confiado.
—Ella quiere ser SOLDADO.
Sephiroth miró a Zack, que miraba otra vez a la camarera. Le estaba dando más importancia de la que realmente tenía aquella muchacha.
—Estás pesadito con la chica, ¿eh?
—Debe ser dudo no poder cumplir tus sueños, eso es todo. ¿Por qué ella no podría ser SOLDADO, como los demás? Me parece injusto, no sé… ¿Sólo por ser mujer?
—Supongo que debe ser eso. Quizás su organismo no esté preparado, aunque claro, con mako cualquiera está preparado.
—Me da rabia que termine sirviendo cafés, tiene potencial como luchadora, menuda tunda me dio —Zack rió al recordar la batalla con las fregonas.
—¿Qué, recordando viejos tiempos?
Otra vez, la chica había tomado asiento junto a ellos. Al parecer, el resto de la cafetería estaba vacío y solo quedaba el dueño, que barría aburrido el suelo lleno de servilletas sucias. No les molestaba, pero si les sorprendía que la chica se tomara esas confianzas con ellos.
—¿No os importara que me siente, no…? Ya no queda ningún cliente más…
—No, no te preocupes —habló Sephiroth amable, aunque distante—. Dime, ¿qué te llevo a saber que querías ser SOLDADO?
—Oh, pues supongo que un poco de todo. La lucha, sobre todo, contra las injusticias, contra aquello que puede dañar lo que quieres. Saber que podrás defender a tus seres queridos de cualquier cosa… Suena un poco peliculero, pero es así…
—No van mal desencaminados tus objetivos —respondió Sephiroth, cuando su tono amable tornó a serio—. Pero, si lograras entrar, tienes por sabido que no te lo pondríamos más fácil solo por ser mujer. Deberías trabajar igual o incluso más hasta rendir como los demás. ¿Lo tienes presente, verdad, Jien?
Claro que Jien tenía eso presente. Era lo que primero había pensado, que sería un trabajo más que duro y que debería esforzarse al máximo para entrar. No sería un camino de rosas, pero ella disfrutaría de cada uno de los pasos que diera en dirección de sus sueños, por lo que asintió y dejó continuar a Sephiroth:
—Hm… Quizás, después de la misión que tenemos entre manos y si conseguimos que uno de los nuestros aparezca, podría hablar con Lazard para que se plantease la idea de incluirte en nuestras filas. Obviamente, empezarías en el rango más bajo, pero si te esfuerzas, podrias llegar incluso a superarme. ¿Por qué no? Nada es imposible.
Zack sonrió al escuchar eso, parecía que Sephiroth después de todo tenía un corazoncito dentro de ese cuerpo de perfecto soldado. Pero Jien no parecía tan feliz como el joven.
—No quiero ser desagradecida, pero… compréndame, Sephiroth —Jien no había levantado la mirada de sus rodillas, con un gesto igual de impasible que el que solía lucir él mismo—. ¿Por qué un soldado de élite, famoso en toda la región, querría ayudar a una camarera a formar parte del ejército?
—Bueno, ¿y por qué no? A lo mejor Zack tiene razón y eres una luchadora implacable, o quizás eres tan inepta que no puedes coger una espada. No lo sabemos hasta que no lo veamos.
—Sigo sin entender por que me haría un favor así.
—Dejaré de ayudarte como me sigas llamando de usted —respondió tajante Sephiroth, con media sonrisa y una fingida molestia—. Entonces, ¿te echas atrás o prefieres tener una posibilidad de cumplir tus metas?
Jien levantó la mirada al fin y miró a Sephiroth. Suponía que su gesto iba a ser burlón o que se estaría riendo de ella, pero el permanecía serio, mirándola a los ojos. Tenían ese matiz verdoso de la energía que circulaba por la ciudad y las pupilas alargadas, como las de un gato. Pero, además del aspecto de sus ojos, ella se fijó en la mirada y no parecía vacilar en lo que le decía.
—Trato hecho.
—Bien, así me gusta, una chica que aproveche las oportunidades —Sephiroth asintió con la cabeza y se levantó, dejando un par de billetes en la mesa—. Quédate con el cambio, se nos ha hecho un poco tarde. Supongo que tendrás noticias nuestras en un mes o así.
—Me parece perfecto. Espero que te vaya bien, Zack —ella le miró descaradamente, sonriendo, y luego le propinó un golpe en el hombro. Luego, se dirigió a Sephiroth—. Tienes mi teléfono, por si surge cualquier problema. De verdad, no sé como agradecer una oportunidad así…
—Me basta con que la aproveches y que algún día me ganes luchando. Me encantaría verte como una digna rival —él, incluso con palabras amables, seguía mostrándose altivo.
—Entendido. ¡Que os vaya bien! —Jien sonrió y les despidió con la mano.
Aquella noticia le hacía sentirse mucho más animada y motivada para conservar su empleo durante el mes que le quedaba. Despertó al dueño de la cafetería, que se había quedado dormido sobre una de las mesas y le avisó que ella se encargaba de hacer caja esa noche. Tenía ganas de hacer las cosas bien.
Habían pasado dos horas desde que los dos soldados habían abandonado la cafetería y Jien por fin había terminado de contar el dinero que habían ganado: apenas treinta mil guiles. Era una miseria que en un día solo recaudaran eso, pero era un negocio en cese, ¡qué se le iba a hacer! Un chico había aparecido un día, hablando de mucho dinero y de algo llamado “El 7º cielo”, y el dueño no había podido resistir tal oferta, tenía familia y no podía permitirse quedarse sin dinero. Ella, sin embargo, se tenía a sí misma y eso ya era suficiente preocupación.
Dejó el uniforme de camarera en un cajón del despacho y se puso su ropa holgada, caminando hacia la salida de la cafetería, cuando una silueta la hizo detenerse.
Un hombre, con una chaqueta larga de cuero rojo y una espada del mismo color, empuñada y desenvainada, la miraba con media sonrisa. Jien frunció el ceño; lo único que le faltaba era un maldito atraco. Pero aquella espada le decía que era algo más que un simple ratero.
—¿Qué buscas? —le preguntó Jien, tajante.
—Pues precisamente, te buscaba a ti, jovencita —el hombre, de unos veintitantos años más o menos, se acercó a ella, cuando salió de su espalda una joven de la edad de Jien. Unos bonitos ojos rojizos refulgían en la oscuridad, con el pelo moreno en contraste a la piel mortecina—. Tú tienes una información muy valiosa.
—¿Qué información, de qué hablas? Mira, no me toques las narices, que me tengo que largar ya a mi casa, estoy cansada —Jien se dispuso a salir, cuando el tipo de la chaqueta roja la ensartó por el estómago sin ningún miramiento.
—No me calientes, pequeña, o puedes terminar peor. Te he visto hablando con esos dos soldados, ese tal… Fair y con Sephiroth. Dime, ¿dónde se han ido esos dos?
—¡Y yo que coño sé! —Jien se alteraba cada vez más, empezaba a emitir gemidos ahogados de dolor a causa de sentir el metal incandescente de la espada atravesándola—. ¡Además, ¿te crees que te lo voy a decir?, me acabas de atravesar con una puta espada!
—Modera tu lenguaje —habló la joven desconocida, que había permanecido callada hasta entonces.
—¡Tú no te metas, vampiresa de mierda! —le gritó enojada Jien—. ¡Y tú, no pienso decir ni una sola palabra! No soy una vulgar traidora —ella sonrió, con gesto desafiante, que no le gustó nada a su atacante.
—Bien. Entonces morirás por tu silencio.
—Mierda, no lo encuentro por ninguna parte.
Zack rebuscaba en sus bolsillos, sin encontrar su móvil. Sephiroth se detuvo, esperando a que avanzara, pero al final tuvo que retroceder para ver que pasaba.
—Creo que me he dejado el teléfono en la cafetería…
—Puedes vivir una noche sin él, no te preocupes.
—Pero, ¿y si lo coge alguien? —Zack parecía realmente preocupado por haberlo perdido.
—Entonces llamaré a Jien y le diré que lo guarde, ¿entendido?
Sephiroth tomó su móvil y buscó el número de la chica, que había guardado provisionalmente como “Camarera”. Espero a que diera señal y empezó a hablar:
—¿Jien? Soy yo, Sephiroth. Verás, Zack se ha dejado el teléfono, ¿podrías mirar a ver si está por ahí y…?
—¿Sephiroth? Vaya, ¿desde cuando las camareras frecuentan tu estricto círculo de amistades…
Aquella voz de hombre heló por dentro al SOLDADO del pelo plateado. Conocía perfectamente a su dueño, había sido durante demasiado tiempo su amigo.
—¿Génesis?
—Vaya, veo que todavía recuerdas mi nombre. Al parecer tus amistades no te hacen olvidar las antiguas.
—Génesis, ¿qué haces ahí?
—Pues ver a tu amiguita, ¿qué si no? Aunque es muy poco habladora, ¡le he preguntado donde estabas y se ha quedado muda!
—¿De qué hablas? Espero que no hayas hecho nada malo. Génesis… —a pesar de haber sido su mejor amigo, quería que volviera junto a ellos. No quería perderlos a los dos, no quería creer que ambos se hubieran pasado al otro bando.
—Tranquilo, solo le he enseñado modales. Ya nos veremos más tranquilamente, Sephiroth. Hasta pronto.
Sin embargo, él sabía que había pasado algo malo cuando escuchó el sonido del teléfono colgado. Zack le miró, atónito y algo asustado.
—¡Tenemos que ir a ver a Jien!
—Es una chica lista, ¿crees que se habrá dejado atrapar? —el SOLDADO de primera clase ya se encaminaba hacia el edificio Shin Ra, cuando las palabras de Zack lo detuvieron.
—¡Será lista, pero es noble! ¡Eso quiere decir que se habrá enfrentado a él, y puede haber salido mal parada! ¡Si no me acompañas, iré yo solo!
Zack salió corriendo en dirección a la cafetería, obligando a Sephiroth a ir con él a regañadientes.
En pocos minutos habían llegado. La puerta de cristal se encontraba destrozada y había cristales por todas partes, que fueron pisados por las botas de sus uniformes cuando entraron al local. Zack vio algo que le hizo correr hasta la barra, cuando Sephiroth también lo vio.
Jien se encontraba tendida en el suelo, con una herida enorme en el estómago que le subía hacia arriba. Lanzaba gemidos de dolor casi inaudibles, estaba a punto de desfallecer. Zack intentó agacharse a socorrerla, pero su superior le detuvo, haciéndolo él. Incorporó a la chica, haciendo que escupiera algo de sangre mientras jadeaba intentando respirar.
—Pensé que eras más lista, Jien… —le regañó Sephiroth, con una mirada preocupada.
—Pero no os iba a traicionar, ni a ti ni a Zack —ella se interrumpió para toser otra vez—. Era lo mínimo que podía hacer después de haberme dado esta oportunidad…
Zack miró al otro soldado. No podían dejarla ahí, tal cual, muriéndose con una grave hemorragia en su estómago. Se levantó, decidido, y con la chica aún en brazos.
—No es muy ético dejarla aquí, ¿no? —le preguntó a Zack, que temblaba de puro nervio en el sitio.
—¡Tenemos que llevarla a algún médico! ¡A algún especialista, Génesis la ha abierto en canal! —sus palabras provocaron que Jien se desmayara del todo, ayudando a Sephiroth a colocarla mejor en su regazo. De repente, Zack gritó la solución—. ¡Hojo! ¡Es el único que puede arreglar este estropicio!
—Zack, no. Hojo no —aquella irracionalidad ante el científico más inteligente de Shin Ra no era normal en el soldado de primera clase, pero Zack lo entendía: los rumores que corrían acerca de ese hombre no eran nada buenos.
—Es su única esperanza, Sephiroth…
Zack frunció el ceño e intentó mirarle para convencerle. Él lanzó un suspiro y dio su brazo a torcer, haciendo que el muchacho pusiera rumbo hacia el edificio Shin Ra de nuevo. Les quedaba por recorrer un trecho de cinco minutos a paso ligero y no sabían si la chica, —como civil herido que era y que debía ser socorrido—, sobreviviría cinco minutos más, pero era su única esperanza de conservar su vida. Los dos soldados, de vez en cuando, miraban el cuerpo de la joven, que sangraba en cantidades menores, aunque continuamente por desgracia.
Esperaban llegar a tiempo para evitar que todo hubiera acabado. Y ambos sentían cierta culpabilidad por aquella situación.
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